Los humanos tenemos la capacidad de percibir los matices de la realidad que nos rodea y de tomar decisiones en consecuencia. Uno de los retos de la tecnología es dotar a las máquinas de esta autonomía, y la teoría de la lógica difusa ha permitido dar un paso de gigante en la materia.
En 1965 este ingeniero iraní publicaba un trabajo que, con más de 35.000 menciones, se convertiría en uno de los artículos científicos más citados del siglo XX. En él se hablaba por primera vez de los "conjuntos difusos", un término que serviría para desarrollar la lógica difusa. Frente a la lógica clásica, que establece conjuntos claramente delimitados, la lógica difusa establece áreas complejas, mucho más ajustadas a la realidad. Por ejemplo, podemos definir a un buen jugador de baloncesto como alguien que mide más de 1,85 metros y que tiene buena puntería. La lógica difusa permite, como haría un entrenador humano, incluir en el conjunto de buenos jugadores a uno que midiera 1,84 pero con una puntería excelente. De esta forma, la lógica difusa salva la distancia entre la lógica clásica y la realidad.
El aspecto central de las técnicas de lógica difusa es que, a diferencia de la lógica clásica, la lógica difusa tiene la capacidad de reproducir de manera aceptable y eficiente los modos usuales del razonamiento humano, al considerar que la certeza de una proposición es una cuestión de grado por esta razón parte de la base del razonamiento aproximado y no del razonamiento preciso como lo hace la lógica clásica. De esta forma las características más importantes de la lógica difusa son: La flexibilidad, la tolerancia con la imprecisión, la capacidad para moldear problemas no-lineales y su fundamento en el lenguaje des sentido común.
Este concepto, aplicado a las máquinas, mejora visiblemente el servicio que estas nos prestan. Por ejemplo, permite que una lavadora automática escoja adecuadamente el programa en función de la carga, la suciedad y las características de las prendas. Una de las primeras aplicaciones de la lógica difusa fue el metro automático de la ciudad japonesa de Sendai, que consiguió que los cambios de velocidad se asemejaran a los que realizaría un conductor humano experimentado. La aceleración y la fuerza de las frenadas se hicieron más graduales, lo que a su vez se tradujo en un menor consumo de electricidad y en más comodidad para los usuarios.


No hay comentarios:
Publicar un comentario